Conciencia a tus estudiantes sobre el problema de la desertificación

¿Está desapareciendo la cubierta vegetal fértil de nuestro planeta? ¿Qué es la desertización? ¿Y la desertificación? ¿En qué se diferencian ambos conceptos? ¿Por qué no se toman las medidas necesarias para frenar o revertir estas situaciones? ¿Qué consecuencias puede tener para la supervivencia de los seres humanos?

El enorme desarrollo de la Humanidad, sobre todo el producido a lo largo de los dos últimos siglos en ámbitos como la medicina, la ciencia o la tecnología ha hecho pensar a los seres humanos que su capacidad de progreso es prácticamente ilimitada. Y con toda probabilidad hay bastante de cierto en esta creencia, pues cada día se llega más lejos y se alcanzan metas inimaginables hasta hace apenas unos lustros. Pero esta capacidad es también un arma de doble filo si no se utiliza con sabiduría. El coste de un desarrollo mal entendido, en el sentido en que todo lo que produce beneficios económicos es válido, puede ser demasiado alto, incluso inasumible para el medioambiente y la vida.

El factor más importante en el clima es la radiación solar. El ecuador es la parte de la Tierra que recibe de forma más directa los rayos, por lo que las zonas más cálidas del planeta se encuentran ahí. Cuanto más nos alejemos de él, menos directa será la radiación solar y el clima por lo general menos caluroso. Por supuesto, intervienen otros factores además de la latitud, siendo la altura y la proximidad de mares y océanos los más relevantes. Sin embargo, por razones directamente asociadas a la actividad humana, la temperatura del mundo, en todas las latitudes, ha ido elevándose de manera gradual y la desertificación (que no desertización, que obedece a causas naturales), con su correspondiente disminución de precipitaciones y rendimientos de los cultivos, ha ido extendiéndose por territorios cada vez más extensos. Por este motivo, se han perdido o degradado suelos antaño fértiles y son numerosos los ecosistemas que ya no consiguen cumplir con sus funciones normales, las que proporcionan equilibrio en la naturaleza y los recursos esenciales para nuestra supervivencia.

En el caso concreto de España, con clima semiárido en la mayor parte de su territorio, con largos periodos de sequía y lluvias no muy cuantiosas por lo general, donde son frecuentes los incendios forestales y la explotación poco responsable de sus recursos hídricos, se prevén cambios con periodos secos aún más prolongados, frecuentes e intensos a los ya existentes, con lo que la desertificación de su territorio podría ir a peor.

Si no tomamos medidas urgentes y drásticas, la temperatura podría subir bastante más, se perderían especies animales y vegetales, suelos fértiles y podría caer la producción agrícola, con el consiguiente peligro para cubrir las necesidades alimentarias de la población. Lo más inmediato, que no lo único, sería controlar la contaminación y la emisión de dióxido de carbono a la atmósfera. Es la única manera de comenzar de reducir todos estos efectos perversos y de preservar el desarrollo sostenible y nuestra calidad de vida.

Ahora bien, ¿qué se está haciendo en el mundo y en España para enfrentarse con éxito a estos retos? Por lo general, poco, y todos sentimos frustración al ver que, en más ocasiones de las deseables, incluso los líderes políticos de los países más ricos y poderosos siguen negando lo evidente. Por esta misma razón, los ciudadanos, además de interiorizar y fomentar actitudes y comportamientos que protejan nuestro medio de la desertificación, debemos tomar conciencia de nuestra fuerza y exigir a nuestros gobernantes actitudes y comportamientos responsables en su gestión, comprometidos con el futuro y no solo centrados en obtener victorias electorales.

Por todo esto, es obvio que debe actuarse, como proponen desde Ecologistas en Acción, en multitud de frentes con medidas que garanticen la conservación del suelo (evitando su frecuente recalificación con fines especulativos), la gestión en la demanda del agua (limitando el aumento de su consumo y, sobre todo, el despilfarro), la diversificación en el caso de España del modelo económico (menos ladrillo y menos turismo de masas), dirigiéndolo hacia los que fomenten la investigación de nuevas tecnologías (que desarrollen, por ejemplo, la eliminación de residuos), formas de energía más limpias o una agricultura que tenga en cuenta las condiciones climáticas de su entorno…

Pero no todo es negativo. Ya se han realizado ciertas acciones importantes y algunas incluso se iniciaron cuando aún no existía conciencia ecológica. En España, donde el territorio presenta índices de aridez elevados con riesgo elevado de desertificación, la restauración de suelos degradados comenzó en la segunda mitad del siglo XIX. Desde entonces, se estima que la superficie forestal repoblada equivale a un 10 % de su territorio y que, de este porcentaje, tres cuartas partes lo han sido con un fin protector. El esfuerzo ha sido sin duda considerable. Sigamos haciéndolos, merece la pena y tenemos la obligación de dejar a los que vienen detrás un mundo habitable en el que nuestra huella ecológica se note lo menos posible. Sería nuestro mejor legado.

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